Hola amigos.
Hacía ya unos días que no os escribía, y es que a veces tengo que permitirme seguir viajando un poco por ahí y ordenar mis experiencias para traeros nuevos relatos de aventuras e historias interesantes.
Últimamente Rumania florece por todos lados y al calor de más de 20 grados la ciudad ya se prepara para la celebración de la Pascua, una fiesta que aquí tiene tanta importancia como las Navidades para nosotros. El próximo día hablaremos de la Pascua ortodoxa y sus particulares costumbres.
Pero antes querría cerrar los episodios invernales con una visita a una ciudad que me encanta. Y es que estos días he estado unos días en Hungría, concretamente en su capital, Budapest, pero no era la primera vez que me dejaba caer por esos lares.
La primera vez que fui fue en el pasado mes de febrero cuando aún las nieves no nos aseguraban que nuestros trenes saldrían de la estación. Fue un viaje dificultoso pero mereció mucho la pena.
Un mes más tarde no pude resistirme a volver y cada vez me gusta más Budapest. Aquí os dejo con una pequeña crónica de mi primer viaje a Hungría.
Como os decía, inicié el viaje con unos amigos en medio de un temporal de nieve, y tuvimos que esperar en la estación para ver si nuestro tren salía o no salía, contando ya con un retraso importante. Finalmente, el tren salió y era bastante cómodo, menos mal, pero en los pasillos se habían dejado alguna puerta abierta y el camino hacia el baño era una aventura polar que contrastaba de manera surrealista con el confort de la calefacción en el vagón.
Después de unas cuantas horas de viaje nocturno llegamos a la estación de Kelety en el centro de Budapest y allí comenzaba nuestra aventura.
Ese día llegamos tan cansados que una vez que buscamos un lugar para dormir y dejamos nuestras cosas nos pusimos a andar y a andar y a andar un poco más para combatir el sueño. La tarde estaba helada (lo que nos motivaba aún más para seguir caminando), pero a la vez la ciudad nos recibía con bellos edificios iluminados, ambiente de gente en las calles y agradables aceras por las que pasear.
Una joyita de ciudad, ya veis. Por ese gran recibimiento decidimos ir a comernos un goulash (plato local) y a brindar con una cerveza Dreher nacional en un restaurante llamado Casablanca que tiene una decoración interior que no tenía desperdicio.
Y ya que estoy en plan sibarita aprovecho también para mostraros el Café New York, un maravilloso edificio que es hotel y café en el que decidimos darnos el capricho de desayunar un día por probar esa sensación de pertenecer a la alta sociedad y de recibir atenciones varias.
Si por fuera es bonito, por dentro es impresionante.
Y claro, los platos y el servicio tenían que estar a la altura. Ante tanta pomposidad a mi se me quedó una cara de esnob que no se me fué hasta que nos llegó la cuenta, je je.
Algún otro día también comimos en el Burguer King, no creáis que iban a ser todo lujos, al fin y al cabo, uno es solo un humilde viajero.
Pero dejadme que os siga hablando de la ciudad, que al segundo día nos sorprendió con una nevada repentina que la dejó aún más fotogénica si cabe.
Las fruterías callejeras empezaban a vender fruta escarchada de la de verdad.
Y por si no habíamos tenido ya bastante nieve pues allí venía más y más.
Cuando me levanté del posado para la foto, observé que a mis espaldas se había asentado un ovni, o quizás era un iglú (que parecía más lógico viendo la que estaba cayendo). Al acercarme vi lo que realmente guardaba en su interior.
Y en esta maravillosa cafetería-burbuja probé uno de los más deliciosos vinos calientes y especiados que había probado hasta ahora. Esta es una bebida que recomiendo tanto en Rumania como en Hungría como en algunos otros países del centro y norte de Europa. Genial para el invierno.
La ciudad nos seguía mimando con sus bellas estampas invernales, y es que realmente Budapest es una ciudad muy bonita donde en cada esquina hay algo que fotografiar.
Este es el funicular que sube a la zona del castillo, una de las áreas más turísticas y más bonitas.
La ciudad también tiene muchos cochecitos curiosos de esos de la Europa comunista.
Y también nos encontramos con curiosas especies animales únicas en el mundo, como el temible león moteado.
Pero bueno, como todavía me queda mucho por contaros, entre otras cosas hablar del Danubio, de algunos monumentos y comidas típicas y sobre todo de los baños termales (lo más recomendable de la ciudad) os voy a dejar aquí en vilo hasta la próxima entrada.
Os despido con una foto de un amiguete que hice en el viaje y con el que me seguí escribiendo días después.
Se llamaba Cacahuete y desde que llegó la primavera y los calores no he sabido nada más de él: ¿le habrá pasado algo?, estoy preocupado, la verdad es que ya tenía mala cara. Probaré a mandarle un e-mail.
Un beso majetes.